“—Cuando yo uso una palabra —dijo (Humpty Dumpty) en un tono bastante desdeñoso— significa lo que yo decido que signifique, ni más ni menos.
—La cuestión es —dijo Alicia— si usted puede hacer que las palabras signifiquen cosas tan diferentes
—La cuestión es —dijo Humpty Dumpty— saber quién es el amo, eso es todo”

Lewis Carrol, Alicia a través del espejo

martes, 6 de diciembre de 2011

Programa para alumnos regulares.

PROGRAMA DE LITERATURA
QUINTO AÑO
Alumnos regulares diciembre 2011 y febrero de 2012.
EL ENSAYO: La argumentación. Características. Estrategias. Estructura. Conexión lógica. El ensayo literario.
GÉNEROS LITERARIOS: Género dramático: características: estructura, texto teatral y representación. Elementos de la representación. Género narrativo: Enunciado y enunciación. La cita textual. Procedimientos literarios: metáfora, comparación, personificación, imágenes sensoriales. Tipos de narradores: focalización cero, focalización desde afuera y focalización interna.
PROCEDIMIENTOS DEL CINE: Imagen y sonido. Focalización. Montaje. El plano. El encuadre.
IMÁGENES DE MUJERES.
Medea (Eurípides)
La Grecia clásica del s. V a. C. El lugar del mito. Argumento y caracterización de personajes. La tragedia: catarsis, hybris, anagnórisis, peripecia. El héroe trágico. Lo femenino y lo masculino. Imagen de la mujer: sumisión, maternidad, poder. La argumentación en la tragedia. La máscara social: conflicto entre realidad y apariencia.
Yerma (Federico García Lorca)
El siglo XX. La España rural de la primera mitad de siglo. Argumento y caracterización de personajes. Estructura. La máscara social: la importancia de la honra y su influencia en la vida de los personajes. La maternidad y la sexualidad. La lírica en el teatro: símbolos.
La visita de la vieja dama (Friedrich Dürrenmatt)
El siglo XX. La muerte de dios y la posmodernidad. El grotesco en el teatro: La mezcla, la destrucción de las categorías de orientación en el mundo. La máscara social y el verdadero rostro. Temas. Estructura. Personajes. Escenario. Los elementos del grotesco en La visita de la vieja dama.
LO FANTÁSTICO EN EL CINE Y EN LA LITERATURA.
El tema del doble: desdoblamiento y duplicación. Otredad y ajenidad. Alteridad y mismidad.
El desdoblamiento como salida a la represión social:
STEVENSON, Robert Louis; El extraño caso de Dr Jekyll y Mr Hyde, Buenos Aires, Hyspamérica, 1982.
FREARS, Stephen; Mary Reilly, EEUU, 1996.
El doble en el espacio:
BORGES, Jorge Luis; “La casa de Asterión”, El Aleph, Buenos Aires, Emecé, 1991.
CORTÁZAR, Julio; “Casa tomada”, en Bestiario, Buenos Aires, Sudamericana, 1982
Amenábar, Alejandro; Los otros, España- EEUU, 2001.
El doppelgänger y la irrupción del número tres.
Borges, Jorge Luis; “La intrusa”, El informe de Brodie, Buenos Aires, Emecé, 1991.
Cronenberg, David; Pacto de amor (Dead Ringers), Canadá, 1988.

NOTA: El alumno deberá presentarse al examen con la carpeta completa y en perfectas condiciones. No se admitirán fotocopias de carpetas de otros compañeros. El examen constará de una parte escrita y una parte oral. En la primera se evaluarán no sólo los contenidos teóricos sino también el uso de la lengua: ortografía, puntuación, coherencia y cohesión textual. En la segunda, el alumno podrá elegir un tema para empezar a hablar. Se evaluará asimismo la claridad y el registro en la expresión y el manejo de la oralidad.

domingo, 4 de diciembre de 2011

El doble: Videos producidos por los alumnos (Tercera entrega)

Algunos alumnos de Quinto año eligieron trabajar con edición de videos breves para trabajar el tema del doble. Otros, eligieron elaborar un ensayo comparativo entre un cuento y una película. Las consignas para este trabajo final pueden encontrarse aquí.
A continuación les presentamos los últimos dos videos: el de Victoria Martínez Moroy y el de Mariana Rodríguez.
Victoria eligió realizar un corto de ficción en el que participa, además, como actriz:





Mariana, por su parte, eligió trabajar con el mito del doppelgänger y eligió un poema cuyo título es precisamente "Doppelgänger" que pueden encontrar aquí:



Acá abajo encontrarán mis comentarios...

viernes, 2 de diciembre de 2011

El doble: Videos producidos por los alumnos (Segunda entrega)

Algunos alumnos de Quinto año eligieron trabajar con edición de videos breves para trabajar el tema del doble. Otros, eligieron elaborar un ensayo comparativo entre un cuento y una película. Las consignas para este trabajo final pueden encontrarse aquí.
A continuación les presentamos la segunda entrega: los cortos de Lucas Fossati, Gonzalo Cortave y Manuel Pardi.

Lucas eligió trabajar con Golum, el inolvidable personaje de El señor de los anillos a quien compara con el personaje de Stevenson en El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde:


Por su parte, tanto Gonzalo como Manuel eligen el tema de la máscara social. Mientras que Gonzalo lo trabaja a partir de tres producciones fílmicas: La máscara (Chuck Russell, 1994), No tan duro de pelar (Steven Brill, 2008) y El rey león (Walt Disney Pictures, 1994), Manuel realiza una rara mezcla de ensayo, texto poético y musical. Así, cita un poema: "Es la máscara social" que, según pude averiguar, es de Emma Sanmartín y escuchamos a lo largo de todo el video la canción: "Doble identidad" del Cuarteto de Nos. 
Éste es el video de Gonzalo:


Éste, el de Manuel:




Y acá abajo encontrarán mis comentarios:

jueves, 1 de diciembre de 2011

El doble: Videos producidos por los alumnos (Primera entrega)

Algunos alumnos de Quinto año eligieron trabajar con edición de videos breves para trabajar el tema del doble. Otros, eligieron elaborar un ensayo comparativo entre un cuento y una película. Las consignas para este trabajo final pueden encontrarse aquí.
A continuación les presentamos a modo de primera entrega los cortos de Malena Palmieri, Nacho Martínez Gerber y Guadalupe García.
Malena eligió trabajar con los superhéroes y nos explica el porqué es necesaria una doble identidad en el desarrollo de estos personajes:

Este es el texto que la voz en off dice en el video de Malena: 

"El desdoblamiento se produce cuando la dualidad se manifiesta en un solo ser, cuando dos personalidades coexisten en un mismo individuo. El doblez puede tener relación con el bien y el mal, con la necesidad de completitud o con la mezcla del hombre con el animal. Tambien en el universo de los superhéroes suele darse esta tipología del doble: Batman, Superman, Spiderman, etc.
LA APARICIÓN DE LOS SERES FANTÁSTICOS SURGE A PARTIR DE LOS LÍMITES DE LOS SERES HUMANOS PARA RESOLVER SITUACIONES GRAVES EN GENERAL…
LOS SUPERHÉROES SON SERES HUMANOS SENSIBLES QUE POR DISTINTAS CIRNCUNSTANCIAS Y MÉTODOS LOGRAN RESOLVER DIFERENTES TIPOS DE SITUACIONES A TRAVÉS DE SU DESDOBLAMIENTO.
ESTOS SERES FANTÁSTICOS SURGEN CUANDO LOS HUMANOS NOS VEMOS IMPOSIBILITADOS PARA RESOLVER UNA CATÁSTROFE O CUALQUIER TIPO DE PROBLEMA GRAVE.
La identidad secreta es una técnica mediante la cual algunos superhéroes crean para sí dos identidades diferentes: una identidad como persona civil y otra distinta como superhéroe, manteniendo en secreto la relación entre ambas. Básicamente, esto lo logran disfrazándose y adoptando una identidad distinta a la que públicamente ostentan como héroes.
El ejemplo más clásico es el de Peter Parker (Spider-Man) o el de Superman (Clark Kent):  el superhéroe es una persona de aspecto común, que utiliza un disfraz cuando debe actuar como superhéroe.
Los principales motivos de los super héroes para mantener identidades secretas son el de mantener la seguridad propia, la de su familia y amigos y la de sus propiedades, de modo de no atraer sobre sí los deseos de venganza de los supervillanos y gozar así de cierto grado de intimidad."

Nacho trabaja con la película Phineas y Ferb, producida por Disney Channel en el 2011, y nos presenta el modo en que se da la idea de doble en clave humorística y en un texto destinado a los niños. Nos muestra cómo aparece en el film una doble dimensión y, por lo tanto, una doble realidad que lleva al desdoblamiento de su personaje principal, el Dr. D.:


Por último, Guada nos presenta tres personajes que se esconden detrás de la máscara o el antifaz para ocultar la identidad. En el caso de "El zorro", para disfrazarse de "forajido" y ocultar su identidad de joven rico perteneciente a la clase alta del pueblo.  En el caso del fantasma de la ópera para ocultar un rostro desfigurado  y en el de Gatúbela para ocultar la maldad a través de un hermoso disfraz de gata:  

  


Acá abajo, van mis comentarios para cada uno de estos trabajos...

martes, 8 de noviembre de 2011

Trabajo práctico final


Fecha de entrega: 29 de noviembre.
Los alumnos podrán elegir entre escribir un ensayo comparativo de alrededor de 800 palabras o elaborar un corto de uno o dos minutos en Movie Maker. El video debe combinar imágenes, textos y filmaciones.
Ensayo:
Podrán elegir entre las siguientes opciones o presentar con tiempo una propuesta personal:
1. La doble realidad: “La salud de los enfermos” de Cortázar y Good bye Lenin de Wolfgang Becker.
El doble y la muerte: “William Wilson” de Edgar Allan Poe y El cisne negro de Darren Aronofsky.
3. Cuando el otro me muestra al otro que soy: “En defensa propia” de Fernando Sorrentino y El hombre de al lado de Gastón Duprat y Mariano Cohn.
4. El doble en el tiempo: memoria e identidad: “Lo recordaremos por usted perfectamente” de Philip Dick y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos de Michel Gondry.
5. Del doble a lo múltiple en la enunciación: “La señorita Cora” de Julio Cortázar y El ciudadano  de Orson Welles.
6. Tema del vengador vengado: “El fin” de Jorge Luis Borges y Aballay de Fernando Spiner.  

Los aspectos que deberán analizarse además del tema son:

  • Focalización: La elección del punto de vista y su incidencia en la trama.
  • Los elementos fantásticos.
  • Análisis del espacio: clima fantástico, imágenes sensoriales, metáforas, comparaciones, campo semántico, estrategias de lo gótico, etc.
  • Análisis del tiempo narrativo: cronología, elipsis, flash back, prospecciones, etc.
  • Caracterización de personajes.
  • Análisis de los conceptos de desdoblamiento, duplicación, ajenidad, otredad, alteridad, mismidad, etc.


Video:
Podrán elegir entre las siguientes opciones o proponer con tiempo una personal: 
1. El desdoblamiento como necesidad de satisfacer el deseo.
2. El doppelgänger. Gemelos idénticos. El número tres.
3. El ambiente como lugar privilegiado para la aparición del doble fantástico.
4. La máscara, el disfraz, la doble cara como necesidad de responder a la mirada social.
5. La inversión como estrategia para preguntarnos quién es, en realidad, el otro.


Tutorial para usar Movie Maker: Es un poco vueltero pero es lo mejor que encontré. Tengan en cuenta que pueden importar películas completas y luego recortar las partes que necesiten para armar su propio proyecto. También pueden importar música e imágenes.
Espero que les sirva.






De todos modos, lo mejor es entrar en Windows Movie Maker y empezar a probar. Es muy fácil una vez que le agarran la mano.
¡Suerte!

lunes, 7 de noviembre de 2011

El tema del doble en el espacio

Los alumnos de Quinto año trabajaron el doble en el espacio con "Casa tomada" de Julio Cortázar, "La casa de Asterión" de Jorge Luis Borges y la película Los otros de Alejandro Amenábar. Entre todos los escritos, destacamos esta vez el de Santiago Bustince:

La otredad y focalizaciones en "Casa tomada", Los otros y "La casa de Asterión"
por Santiago Bustince

En los cuentos “Casa tomada” de Julio Cortázar, “La casa de Asterión” de Jorge Luis Borges y el texto fílmico Los otros  de  Alejandro Amenábar, nos encontramos con una pregunta desestabilizadora de nuestra mirada habitual en cada texto que nos invierte la perspectiva: ¿Quién es el otro?

En el siguiente ensayo analizaremos la focalización y cómo aparece "lo otro" en cada uno de los textos.

En La casa de Asterión tenemos una focalización interna ya que se le da la voz e identidad a este minotauro, lo que produce también una inversión en la historia. Borges le da un nombre a esta criatura que se caracteriza no como un monstruo que solo quiere matar, sino como una criatura pueril, como un niño inocente que se defiende de las acusaciones de los demás:

"A cualquier hora juego a estar dormido".

"Aunque de tantos juegos, el que prefiero es el de otro Asterión que viene a visitarme". [1]

Asterión se caracteriza como un ser contradictorio, se construye entre lo que los demás dicen de él y lo que él dice que es. Lo acusan de soberbio y él se defiende de manera soberbia. Aquí entra en juego "lo otro", es decir, todo lo que los demás dicen de él fuera del laberinto, que Asterión caracteriza al mismo como el mundo en sí, como un lugar sin puertas, como su casa.

Para finalizar con el texto de Borges, hablaremos de lo que se invierte. Por un lado, se habla del laberinto como una “casa”  y se le da la voz e identidad a lo que siempre fue un monstruo. Contrariamente a lo que ocurre en la tradición, aquí se lo trata como a un humano o un niño. Y por el otro lado, se desmitifica o se invierte el heroísmo de Teseo, que queda en el texto no como un héroe verdadero que mató al monstruo luchando contra él, sino como el redentor de Asterión ya que el "monstruo" se deja matar sin oponer resistencia.

En “Casa tomada” también tenemos una focalización interna y la pregunta “¿Qué es lo otro?”  también se hace presente. Aquí, esto se produce a través de no saber qué es lo que invade la casa. Ellos van retrocediendo sin oponer resistencia alguna, como si no pudiesen hacer nada y sin querer saber qué es eso desconocido que invade la casa al punto que los expulsa.

En cambio, en el texto fílmico una vez que se evidencia la existencia de "lo otro", se produce esta sensación de querer saber y descubrir de qué se trata. Por ejemplo, cuando la protagonista abre todas las cortinas, dándole luz a la casa, la cual antes estaba a oscuras y toma la escopeta para enfrentarse a lo desconocido.

En este texto se produce una importante inversión a través de los diversos puntos de vista.

Nosotros mirábamos la película desde el punto de vista de los vivos, mientras que en el final, al producirse la inversión de perspectiva, nos damos cuenta de que estuvimos siempre del lado de "lo otro", lo que para nosotros al principio del film era lo desconocido.

La estrategia de la ambigüedad con respecto a la presentación de lo otro en este texto, aparece constantemente. Por ejemplo, cuando la protagonista le quiere presentar a Víctor a su hermano Nicholas,  Víctor no se ve. Ella le dice que le toque la mejilla, pero sólo se ve una mano, que puede ser tanto la de Víctor como la de Anne. Esto provoca que el espectador, al principio, no crea lo que dice Anne pues aún no tiene pruebas de la existencia de lo sobrenatural.

En conclusión, tenemos que tanto en el texto de Borges como en el de Cortázar y en el film, se produce esto de no saber quién es el otro. En “Casa tomada”, los hermanos se escapan ya que no quieren enfrentar a los intrusos, mientras que en “La casa de Asterión”, él está esperando a su redentor para que lo mate y lo lleve a un lugar mejor. Y en Los otros hay una importante sensación de querer descubrir qué es eso desconocido que habita la casa.
Además, las focalizaciones son distintas, en el film pasamos de un punto de vista al otro, del mundo de los muertos al de los vivos. En “La casa de Asterión”, una focalización en primera persona que toma a "lo otro" como lo que lo rodea, lo exterior, por ejemplo, la gente, la plebe, etcétera. Y finalmente en “Casa tomada” también hay una focalización interna, pero que no quiere descubrir a "lo otro" ya que, cuando lo desconocido avanza, los hermanos retroceden, no se produce ningún choque o enfrentamiento entre los personajes y la otredad. 

[1] BORGES, Jorge Luis; "La casa de Asterión" en El Aleph, Buenos Aires, Emecé, 1991.

Bibliografía:

* CORTAZAR, Julio; "Casa tomada" en Bestiario, Buenos Aires, Sudamericana, 1982.

* BORGES, Jorge Luis; "La casa de Asterión" en El Aleph, Buenos Aires, Emecé, 1991.


*AMENABAR, Alejandro; Los otros, España, 2001.

martes, 1 de noviembre de 2011

La referencia bibliográfica

Cada vez que hacemos una investigación o hacemos un análisis de una determinada situación, debemos incorporar al final del trabajo la lista de textos consultados. Para citar bibliográficamente el material utilizado en un trabajo de investigación o en un ensayo se debe proceder de la siguiente manera:
1. Cuentos, artículos, poemas y canciones:
APELLIDO DEL AUTOR, Nombre; "Título del cuento", en  Título de la publicación, Ciudad de edición, editorial, año de edición.
CORTÁZAR, Julio; "Lejana", en Bestiario, Buenos Aires, Sudamericana, 1976.
2. Publicaciones: novelas, diarios, revistas, etc.
APELLIDO DEL AUTOR, Nombre; Título, Ciudad de edición, editorial, año de edición.
BORGES, Jorge Luis;  Ficciones, Buenos Aires, Emecé, 2000
Las películas se citan de esta manera:
APELLIDO DEL DIRECTOR, Nombre; Título de la película, País o países productores, año de producción.
CRONENBERG, David; Dead Ringers, Canadá, 1988.

A partir de ahora, entonces, cada cita textual que aparezca en el ensayo debe estar colocada a pie de página. 
Ejemplo:

"Simplemente aceptan que su casa está siendo tomada por algo que no saben qué es:

                                          "El sonido venía impreciso y sordo, como el volcarse 
                                          de una silla sobre la alfombra o un ahogado susurro 
                                          de conversación". [1]

Aquí se puede ver la imposibilidad de explicar explícita y objetivamente aquello que es "lo otro", lo que toma la casa."


La nota al pie aparecerá, como su nombre lo indica, a pie de página:
[1] CORTÁZAR, Julio; "Casa tomada", en Bestiario, Buenos Aires, Sudamericana, 1973. (pág. 69)
Cuando se cita más de una vez un mismo texto, puede colocarse sólo el autor, el año de edición y el número de página o simplemente, el apellido del autor y la abreviatura latina "op.cit." que significa: "obra citada"
CORTÁZAR, J. (1973, pág. 69)
CORTÁZAR, J., op. cit., pág. 69

Los procesadores comunes como Word permiten hacerlo de manera automática. En el caso de las entradas de blogger, todavía no está la opción por lo que, si no lo copiamos y pegamos de Word, deberemos hacerlo manualmente.
Para mayor información, pueden consultar aquí, en un texto sobre artículos académicos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA que ofrece una guía más extensa para todo tipo de publicación.
Finalmente, para citar textualmente un texto digital, se procede de la siguiente manera:
APELLIDO DEL AUTOR, Nombre completo; "Título del artículo", disponible en: url de la web, última consulta: día/mes/ año.
Ejemplo:
AHMAR DAKNO, Magdalena; "Represión sexual, ley social y violencia", disponible en:
http://magdalenaahmardakno.blogspot.com.ar/2014/06/el-siguientefragmento-de-la-casa-de.html, última consulta: 15/9/2014

lunes, 31 de octubre de 2011

Premio APOA 2011 para Victoria Martínez Moroy

El día viernes 28 de octubre pasado, la alumna y compañera Victoria Martínez Moroy participó del concurso que todos los años organiza la Asociación de poetas argentinos (APOA) para estudiantes secundarios de todo el país, después de haber sido preseleccionada entre miles de postulantes al concurso.
Es un placer comunicarles que Victoria ha obtenido en su categoría la tercera mención por el poema "La danza prohibida" que presentamos a continuación. Felicitaciones a Victoria por este gran paso en su incipiente carrera como escritora y poeta. 
¡Esperamos sus comentarios!

La danza prohibida
por Victoria Martínez Moroy


Yacía tu alma ahogada,
en la génesis de la incertidumbre.
Aquella turbulencia que te oprimía
hasta los alvéolos.

Tus manos, dóciles,
se mancharon con el festín absurdo
de los cuerpos bailando estrepitosamente unos contra los otros.

El torrente sanguíneo se llenó de estrías,
y tus manos se masticaron solas.

¿Acaso estos actos burdos vidarían este cuerpo tuyo
tan lleno de falta de frenesí?

En la arúspice de tu soledad,
te buscaste inutilmente.
Vomitaste tus sueños rotos
causados por la oquedad de tu sentir.

La moralidad ya no existía,
dejaste que tu cuerpo cayera, etéreo.

Ellos se volverán a ver,
y se engendrarán de nuevo.
Así se esculpirán los seres,
con el placer orgásmico que sale de sus intestinos.

Y, como si fuese un espejismo,
la puerta se cerrará hasta la próxima vez.

sábado, 29 de octubre de 2011

Próximos textos

Para el martes 8 de noviembre deben ver Pacto de amor de Cronenberg y leer/ marcar el siguiente cuento de Jorge Luis Borges. Teniendo en cuenta todas las categorías de análisis vistas en el año, prestar atención a los siguientes aspectos que serán evaluados antes de empezar con el análisis:
1. Focalización.
2. Caracterización de los hermanos. Procedimientos.
3. Caracterización de la mujer. Procedimientos.
4. Similitudes y diferencias entre ambos textos.

La intrusa 
Jorge Luis Borges
                                                                                      
"2 Reyes, I, 26"

Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.
En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.
Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.
Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.
Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.
Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:
-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala.
El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.
Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.
Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.
La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.
Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.
En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:
-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.
Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.
Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.
El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:
-Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca.
El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.
Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:
-A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas, ya no hará más perjuicios.
Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.

BORGES, Jorge Luis, El informe de Brodie, Buenos Aires, Emecé, 1991

martes, 25 de octubre de 2011

La doble vida de Verónica (K. Kieslowski)

Debido a los inconvenientes con el uso del proyector que tuvimos el día martes, los invito a leer un breve análisis de dos escenas de la película de Kieslowski aquí.
En la producción de ensayos del martes sólo entrarán "Lejana" de Cortázar y "El sur" de Borges.
Estudien.

sábado, 22 de octubre de 2011

El Extraño Caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert L. Stevenson y Mary Reilly, de Stephen Frears.

Los alumnos de Quinto año trabajaron con la novela de Robert L. Stevenson: El extraño caso de Dr Jekyll y Mr Hyde y la película de Stephen Frears Mary Reilly basada en la novela homónima de Valerie Martin. El siguiente texto pertenece a la alumna Paula Albin. Esperamos que lo disfruten:

EL PROBLEMA DEL DOBLE EN STEVENSON Y FREARS
por Paula Albin

La película Mary Reilly, del año 1996 y dirigida por Stephen Frears, está basada en una interpretación de Valerie Martin acerca la obra El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson y asume el punto de vista de uno de sus personajes testigos: la empleada doméstica. Si bien su ambientación es la misma, es decir, ubicada en la época victoriana, en la cual surgía la delincuencia debido al crecimiento de las grandes ciudades, su focalización es distinta. El primer texto se enfoca más en el aspecto emocional de los personajes, mientras que el segundo y original, está centrado más en el elemento misterioso del caso y en su descubrimiento. En esta comparación se analizarán los paralelismos y diferencias de estas obras.
Las acciones son llevadas a cabo en la Inglaterra victoriana de fines del s. XIX. En el libro se usan distintas estrategias para describir un ambiente con abundantes claroscuros: el autor describe lugares muy iluminados y con mucho movimiento, en contraste con otros en su cercanía que se ven lúgubres y demacrados, para lo que se utilizan distintas comparaciones como, por ejemplo, allí donde se encuentra el edificio donde más tarde se oculta el señor Hyde:
“La calle lucia en contraste con sus alrededores deslucidos como el fuego en la espesura de un bosque, [...] un todo limpio y alegre, conjuntado, prendía y regalaba los ojos del paseante. Pasadas dos puertas de una esquina, la línea de casas se quebraba en un callejón cerrado y ahí mismo tendía su alero sobre la calle la mole de un edifcio siniestro.”
Aquí también se muestran los recursos que utiliza el autor para describir ambientes y personajes, usando imágenes sensoriales y comparaciones. Por ejemplo, Hyde es más tarde comparado con el mismo Lucifer.
En la película, en cambio, se utilizan otras estrategias y se muestra un ambiente permanentemente gris y monótono. Un aspecto que ambos textos comparten es la intensa bruma, típica de Londres.
En la película, el contraste es creado por el color rojo que se presenta en diferentes ocasiones, entre ellos, en el mismo cabello de la protagonista. También se usan los recursos auditivos para remarcar el contraste en la obra.
En ambos textos se vincula el desdoblamiento con la metamorfosis del cuerpo, sin embargo, en la película, debido al factor emocional presente, se muestra a un señor Hyde que contradice su propia naturaleza por el amor, volviéndose un poco más Jekyll, y un poco más humano que en el libro. Es decir, en la película, se muestran como individuos aún más cercanos, incluso se remarca esto a través del parecido entre los dos personajes ya que utiliza al mismo actor, parecido que uno de los personajes secundarios menciona en una escena. En el libro, sin embargo, se lo muestra como identidades totalmente distintas, y Hyde es descripto como un ser muy difícil de describir con palabras. Frente a él sólo puede explicar la sensación de rechazo que causa, lo que deja su apariencia a la imaginación del lector:
“El señor Hyde era pálido y diminuto, daba la impresión de una deformidad que no residía en nada concreto [...] y no todo ello junto bastaba para explicar aquella aversión, repugnancia y miedo singulares que permanecían impresos en la mente de Utterson.”
Como una película es un texto multimedial, representar esta descripción se volvería muy difícil sin mostrar la cara del personaje en ningún momento, de modo que ésta fue ocultada solamente hasta cierto punto. Así se le permite al espectador imaginarlo parcialmente generando la intriga y el suspenso presentes en la obra.
Finalmente, el propósito de ambos textos en general parece ser diferente. En la novela, si bien Jekyll explica al final su experiencia en primera persona acercándonos sus emociones y sentimientos, a lo largo de la obra se presentan otras voces de otros testigos (Lanyon, Utterson, etc.) que, paulatinamente, van reconstruyendo los hechos a modo de un caso policial. Por el contrario, la película está más centrada en lo emocional, en el amor y en la ajenidad presente en todas las personas, representadas por Jekyll y su otro yo: Hyde pero también por Mary Reilly y su relación con su padre que afectará su relación con los hombres en general.
Esto último se evidencia en el amor que Mary siente por Hyde, su deseo hacia él que se evidencia sobre todo en sus sueños. Esto es una parte de ella que debe reprimir en la vigilia  y, por lo tanto se manifiesta en los sueños.
En conclusión, Mary Reilly acerca el espectador al desdoblamiento de los seres humanos aún más que la novela, en la que se evidencia en un hecho extraordinario, que es la transformación del Doctor Jekyll en el Señor Hyde. Quizás Stephen Frears quiere demostrar que, en realidad, tener una identidad como Hyde dentro de nosotros es más común de lo que creemos.

jueves, 6 de octubre de 2011

Dos cuentos más...

El sur
Jorge Luis Borges

El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.
Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las mil y una noches de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las ilustraciones de Las mil y una noches sirvieron para decorar pasadillas. Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido llegó.
A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.
Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán, el íntimo patio.
En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.
A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las mil y una noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.
A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.
El almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.
Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario.
Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén: la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le importaba).
El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez, doce, cuadras.
Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.
El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmam, adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.
En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.
Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.
Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhman, perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las mil y una noches, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:
-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.
Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.
El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.
Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.
-Vamos saliendo- dijo el otro.
Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.
Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.

BORGES, Jorge Luis, Ficciones, Buenos Aires, Emecé, 2001


LEJANA
Julio Cortázar

Diario de Alina Reyes
12 de enero

Anoche fue otra vez, yo tan cansada de pulseras y farándulas, de pink champagne y la cara de Renato Viñes, oh esa cara de foca balbuceante, de retrato de Dorian Gray a lo último. Me acosté con gusto a bombón de menta, al Boogie del Banco Rojo, a mamá bostezada y cenicienta (como queda ella a la vuelta de las fiestas, cenicienta y durmiéndose, pescado enormísimo y tan no ella.)
Nora que dice dormirse con luz, con bulla, entre las urgidas crónicas de su hermana a medio desvestir. Qué felices son, yo apago las luces y las manos, me desnudo a gritos de lo diurno y moviente, quiero dormir y soy una horrible campana resonando, una ola, la cadena que Rex arrastra toda la noche contra los ligustros. Now I lay me down to sleep... Tengo que repetir versos, o el sistema de buscar palabras con a, después con a y e, con las cinco vocales, con cuatro. Con dos y una consonante (ala, ola), con tres consonantes y una vocal (tras, gris) y otra vez versos, la luna bajó a la fragua con su polisón de nardos, el niño la mira mira, el niño la está mirando. Con tres y tres aslternadas, cábala, laguna, animal; Ulises, ráfaga, reposo.
Así paso horas: de cuatro, de tres y dos, y más tarde palindromas. Los fáciles, salta Lenin el Atlas; amigo, no gima; los más difíciles y hermosos, átate, demoniaco Caín o me delata; Anás usó tu auto Susana. O los preciosos anagramas: Salvador Dalí, Avida Dollars; Alina Reyes, es la reina y... Tan hermoso, éste, porque abre un camino, porque no concluye. Porque la reina y...
No, horrible. Horrible porque abre camino a esta que no es la reina, y que otra vez odio de noche. A esa que es Alina Reyes pero no la reina del anagrama; que será cualquier cosa, mendiga en Budapest, pupila de mala casa en Jujuy o sirvienta en Quetzaltenango, cualquier lado lejos y no reina. Pero sí Alina Reyes y por eso anoche fue otra vez, sentirla y el odio.

20 de enero

A veces sé que tiene frío, que sufre, que le pegan. Puedo solamente odiarla tanto, aborrecer las manos que la tiran al suelo y también a ella, a ella todavía más porque le pegan, porque soy yo y le pegan. Ah, no me desespera tanto cuando estoy durmiendo o corto un vestido o son las horas de recibo de mamá y yo sirvo el té a la señora de Regules o al chico de los Rivas. Entonces me importa menos, es un poco cosa personal, yo conmigo; la siento más dueña de su infortunio, lejos y sola pero dueña. Que sufra, que se hiele; yo aguanto desde aquí, y creo que entonces la ayudo un poco. Como hacer vendas para un soldado que todavía no ha sido herido y sentir eso de grato, que se le está aliviando desde antes, previsoramente.
Que sufra. Le doy un beso a la señora de Regules, el té al chico de los Rivas, y me reservo para resistir por dentro. Me digo: «Ahora estoy cruzando un puente helado, ahora la nieve me entra por los zapatos rotos». No es que sienta nada. Sé solamente que es así, que en algún lado cruzo un puente en el instante mismo (pero no sé si es el instante mismo) en que el chico de los Rivas me acepta el té y pone su mejor cara de tarado. Y aguanto bien porque estoy sola entre esas gentes sin sentido, y no me desespera tanto. Nora se quedó anoche como tonta, dijo: «¿Pero qué te pasa?». Le pasaba a aquella, a mí tan lejos. Algo horrible debió pasarle, le pegaban o se sentía enferma y justamente cuando Nora iba a cantar a Fauré y yo en el piano, mirándolo tan feliz a Luis María acodado en la cola que le hacía como un marco, él mirándome contento con cara de perrito, esperando oír los arpegios, los dos tan cerca y tan queriéndonos. Así es peor, cuando conozco algo nuevo sobre ella y justo estoy bailando con Luis María, besándolo o solamente cerca de Luis María. Porque a mí, a la lejana, no la quieren. Es la parte que no quieren y cómo no me va a desgarrar por dentro sentir que me pegan o la nieve me entra por los zapatos cuando Luis María baila conmigo y su mano en la cintura me va subiendo como un calor a mediodía, un sabor a naranjas fuertes o tacuaras chicoteadas, y a ella le pegan y es imposible resistir y entonces tengo que decirle a Luis María que no estoy bien, que es la humedad, humedad entre esa nieve que no siento, que no siento y me está entrando por los zapatos.

25 de enero

Claro, vino Nora a verme y fue la escena. «M'hijita, la última vez que te pido que me acompañes al piano. Hicimos un papelón». Qué sabía yo de papelones, la acompañé como pude, me acuerdo que la oía con sordina. Votre âme est un paysage choisi... pero me veía las manos entre las teclas y parecía que tocaban bien, que acompañaban honestamente a Nora. Luis María también me miró las manos, el pobrecito, yo creo que era porque no se animaba a mirarme la cara. Debo ponerme tan rara.
Pobre Norita, que la acompañe otra. (Esto parece cada vez más un castigo, ahora sólo me conozco allá cuando voy a ser feliz, cuando soy feliz, cuando Nora canta Fauré me conozco allá y no queda más que el odio).

Noche

A veces es ternura, una súbita y necesaria ternura hacia la que no es reina y anda por ahí. Me gustaría mandarle un telegrama, encomiendas, saber que sus hijos están bien o que no tiene hijos -porque yo creo que allá no tengo hijos- y necesita confortación, lástima, caramelos. Anoche me dormí confabulando mensajes, puntos de reunión. Estaré jueves stop espérame puente. ¿Qué puente? Idea que vuelve como vuelve Budapest donde habrá tanto puente y nieve que rezuma. Entonces me enderecé rígida en la cama y casi aúllo, casi corro a despertar a mamá, a morderla para que se despertara. Nada más que por pensar. Todavía no es fácil decirlo. Nada más que por pensar que yo podría irme ahora mismo a Budapest, si realmente se me antojara. O a Jujuy, a Quetzaltenango. (Volví a buscar estos nombres páginas atrás). No valen, igual sería decir Tres Arroyos, Kobe, Florida al cuatrocientos. Sólo queda Budapest porque allí es el frío, allí me pegan y me ultrajan. Allí (lo he soñado, no es más que un sueño, pero cómo adhiere y se insinúa hacia la vigilia) hay alguien que se llama Rod -o Erod, o Rodo- y él me pega y yo lo amo, no sé si lo amo pero me dejo pegar, eso vuelve de día en día, entonces es seguro que lo amo.

Más tarde

Mentira. Soñé a Rod o lo hice con una imagen cualquiera de sueño, ya usada y a tiro. No hay Rod, a mí me han de castigar allá, pero quién sabe si es un hombre, una madre furiosa, una soledad.
Ir a buscarme. Decirle a Luis María: «Casémonos y me llevas a Budapest, a un puente donde hay nieve y alguien». Yo digo: ¿y si estoy? (Porque todo lo pienso con la secreta ventaja de no querer creerlo a fondo. ¿Y si estoy?). Bueno, si estoy... Pero solamente loca, solamente... ¡Qué luna de miel!

28 de enero

Pensé una cosa curiosa. Hace tres días que no me viene nada de la lejana. Tal vez ahora no le pegan, o no pudo conseguir abrigo. Mandarle un telegrama, unas medias... Pensé una cosa curiosa. Llegaba a la terrible ciudad y era de tarde, tarde verdosa y ácuea como no son nunca las tardes si no se las ayuda pensándolas. Por el lado de la Dobrina Stana, en la perspectiva Skorda, caballos erizados de estalagmitas y polizontes rígidos, hogazas humeantes y flecos de viento ensoberbeciendo las ventanas Andar por la Dobrina con paso de turista, el mapa en el bolsillo de mi sastre azul (con ese frío y dejarme el abrigo en el Burglos), hasta una plaza contra el río, casi en encima del río tronante de hielos rotos y barcazas y algún martín pescador que allá se llamará sbunáia tjéno o algo peor.
Después de la plaza supuse que venía el puente. Lo pensé y no quise seguir. Era la tarde del concierto de Elsa Piaggio de Tarelli en el Odeón, me vestí sin ganas sospechando que después me esperaría el insomnio. Este pensar de noche, tan noche... Quién sabe si no me perdería. Una inventa nombres al viajar pensando, los recuerda en el momento: Dobrina Stana, sbunáia tjéno, Burglos. Pero no sé el nombre de la plaza, es como si de veras hubiera llegado a una plaza de Budapest y estuviera perdida por no saber su nombre; ahí donde un nombre es una plaza.
Ya voy, mamá. Llegaremos bien a tu Bach y a tu Brahms. Es un camino tan simple. Sin plaza, sin Burglos. Aquí nosotras, allá Elsa Piaggio. Qué triste haberme interrumpido, saber que estoy en una plaza (pero esto ya no es cierto, solamente lo pienso y eso es menos que nada). Y que al final de la plaza empieza el puente.

Noche

Empieza, sigue. Entre el final del concierto y el primer bis hallé su nombre y el camino. La plaza Vladas, el puente de los mercados. Por la plaza Vladas seguí hasta el nacimiento del puente, un poco andando y queriendo a veces quedarme en casas o vitrinas, en chicos abrigadísimos y fuentes con altos héroes de emblanquecidas pelerinas, Tadeo Alanko y Vladislas Néroy, bebedores de tokay y cimbalistas. Yo veía saludar a Elsa Piaggio entre un Chopin y otro Chopin, pobrecita, y de mi platea se salía abiertamente a la plaza, con la entrada del puente entre vastísimas columnas. Pero esto yo lo pensaba, ojo, lo mismo que anagramar es la reina y... en vez de Alina Reyes, o imaginarme a mamá en casa de los Suárez y no a mi lado. Es bueno no caer en la sonsera: eso es cosa mía, nada más que dárseme la gana, la real gana. Real porque Alina, vamos -No lo otro, no el sentirla tener frío o que la maltratan. Esto se me antoja y lo sigo por gusto, por saber adónde va, para enterarme si Luis María me lleva a Budapest, si nos casamos y le pido que me lleve a Budapest. Más fácil salir a buscar ese puente, salir en busca mía y encontrarme como ahora porque ya he andado la mitad del puente entre gritos y aplausos, entre «¡Álbeniz!» y más aplausos y «¡La polonesa!», como si esto tuviera sentido entre la nieve arriscada que me empuja con el viento por la espalda, manos de toalla de esponja llevándome por la cintura hacia el medio del puente.
(Es más cómodo hablar en presente. Esto era a las ocho, cuando Elsa Piaggio tocaba el tercer bis, creo que Julián Aguirre o Carlos Guastavino, algo con pasto y pajaritos). Pero me he vuelto canalla con el tiempo, ya no le tengo respeto. Me acuerdo que un día pensé: «Allá me pegan, allá la nieve me entra por los zapatos y esto lo sé en el momento, cuando me está ocurriendo allá yo lo sé al mismo tiempo. ¿Pero por qué al mismo tiempo? A lo mejor me llega tarde, a lo mejor no ha ocurrido todavía. A lo mejor le pegarán dentro de catorce años, o ya es una cruz y una cifra en el cementerio de Santa Úrsula. Y me parecía bonito, posible, tan idiota. Porque detrás de eso una siempre cae en el tiempo parejo. Si ahora ella estuviera realmente entrando en el puente, sé que lo sentiría ya mismo y desde aquí. Me acuerdo que me paré a mirar el río que estaba sonando y chicoteando. (Esto yo lo pensaba). Valía asomarse al parapeto del puente y sentir en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Valía quedarse un poco por la vista, un poco por el miedo que me venía de adentro -o era el desabrigo, la nevisca deshecha y mi tapado en el hotel-. Y después que yo soy modesta, soy una chica sin humos, pero vengan a decirme de otra que le haya pasado lo mismo, que viaje a Hungría en pleno Odeón. Eso le da frío a cualquiera, che, aquí o en Francia.
Pero mamá me tironeaba la manga, ya casi no había gente en la platea. Escribo hasta ahí, sin ganas de seguir acordándome de lo que pensé. Me va a hacer mal si sigo acordándome. Pero es cierto, cierto; pensé una cosa curiosa.

30 de enero

Pobre Luis María, qué idiota casarse conmigo. No sabe lo que se echa encima. O debajo, como dice Nora que posa de emancipada intelectual.

31 de enero

Iremos allá. Estuvo tan de acuerdo que casi grito. Sentí miedo, me pareció que él entra demasiado fácilmente en este juego. Y no sabe nada, es como el peoncito de dama que remata la partida sin sospecharlo. Peoncito Luis María, al lado de su reina. De la reina y –

7 de febrero

A curarse. No escribiré el final de lo que había pensado en el concierto. Anoche la sentí sufrir otra vez. Sé que allá me estarán pegando de nuevo. No puedo evitar saberlo, pero basta de crónica. Si me hubiese limitado a dejar constancia de eso por gusto, por desahogo... Era peor, un deseo de conocer al ir releyendo; de encontar claves en cada palabra tirada al papel después de tantas noches. Como cuando pensé la plaza, el río roto y los ruidos, y después... Pero no lo escribo, no lo escribiré ya nunca.
Ir allá a convencerme de que la soltería me dañaba, nada más que eso, tener veintisiete años y sin hombre. Ahora estará bien mi cachorro, mi bobo, basta de pensar, a ser al fin y para bien.
Y sin embargo, ya que cerraré este diario, porque una o se casa o escribe un diario, las dos cosas no marchan juntas -Ya ahora no me gusta salirme de él sin decir esto con alegría de esperanza, con esperanza de alegría. Vamos allá pero no ha de ser como lo pensé la noche del concierto. (Lo escribo, y basta de diario para bien mío.) En el puente la hallaré y nos miraremos. La noche del concierto yo sentía en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Y será la victoria de la reina sobre esa adherencia maligna, esa usurpación indebida y sorda. Se doblegará si realmente soy yo, se sumará a mi zona iluminada, más bella y cierta; con sólo ir a su lado y apoyarle una mano en el hombro.

Alina Reyes de Aráoz y su esposo llegaron a Budapest el 6 de abril y se alojaron en el Ritz. Eso era dos meses antes de su divorcio. En la tarde del segundo día Alina salió a conocer la ciudad y el deshielo. Como le gustaba caminar sola -era rápida y curiosa- anduvo por veinte lados buscando vagamente algo, pero sin proponérselo demasiado, dejando que el deseo escogiera y se expresara con bruscos arranques que la llevaban de una vidriera a otra, cambiando aceras y escaparates.
Llegó al puente y lo cruzó hasta el centro andando ahora con trabajo porque la nieve se oponía y del Danubio crece un viento de abajo, difícil, que engancha y hostiga. Sentía cómo la pollera se le pegaba a los muslos (no estaba bien abrigada) y de pronto un deseo de dar vuelta, de volverse a la ciudad conocida. En el centro del puente desolado la harapienta mujer de pelo negro y lacio esperaba con algo fijo y ávido en la cara sinuosa, en el pliegue de las manos un poco cerradas pero ya tendiéndose. Alina estuvo junto a ella repitiendo, ahora lo sabía, gestos y distancias como después de un ensayo general. Sin temor, liberándose al fin -lo creía con un salto terrible de júbilo y frío- estuvo junto a ella y alargó también las manos, negándose a pensar, y la mujer del puente se apretó contra su pecho y las dos se abrazaron rígidas y calladas en el puente, con el río trizado golpeando en los pilares.
A Alina le dolió el cierre de la cartera que la fuerza del abrazo le clavaba entre los senos con una laceración dulce, sostenible. Ceñía a la mujer delgadísima, sintiéndola entera y absoluta dentro de su abrazo, con un crecer de felicidad igual a un himno, a un soltarse de palomas, al río cantando. Cerró los ojos en la fusión total, rehuyendo las sensaciones de fuera, la luz crepuscular; repentinamente tan cansada, pero segura de su victoria, sin celebrarlo por tan suyo y por fin.
Le pareció que dulcemente una de las dos lloraba. Debía ser ella porque sintió mojadas las mejillas, y el pómulo mismo doliéndole como si tuviera allí un golpe. También el cuello, y de pronto los hombros, agobiados por fatigas incontables. Al abrir los ojos (tal vez gritaba ya) vio que se habían separado. Ahora sí gritó. De frío, porque la nieve le estaba entrando por los zapatos rotos, porque yéndose camino de la plaza iba Alina Reyes lindísima en su sastre gris, el pelo un poco suelto contra el viento, sin dar vuelta la cara y yéndose.

En: CORTÁZAR, Julio, Bestiario, Buenos Aires, Sudamericana, 1976.